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LA MUERTE DE OTTO

Bay of Pigs Juventud Rebelde
Las milicias y los luchadores de Bahía de Cochinos celebran su victoria. Foto: Juventud Rebelde

Extracto

Nuestro grupo de adolescentes emocionados pronto encontró lo que buscábamos, amontonados en el suelo del patio interior de la estación había una cantidad enorme de los odiados parquímetros. Quien sabe de donde aparecieron bates de pelota con los que comenzamos a destrozar las máquinas entre grandes voces de placer.

De pronto apareció a mi lado un chico conocido, de nombre Otto. Para mi sorpresa llevaba en la mano, no un bate,  sino una sub.-ametralladora imitación de la M-16 americana pero de calidad muy inferior proveniente de las fábricas del dictador la República Dominicana, Leónidas Trujillo.

Continué golpeando, ahora con el refuerzo de Otto, las máquinas, con la justificada emoción de estar haciendo justicia contra los abusos del pasado. Mi mente estaba ciega y en llamas, herida por los temores acumulados del pasado y por las incertidumbres que acechaban en el futuro. Me concentré totalmente en golpear parquímetro tras parquímetro con toda mi fuerza.

Una explosión que pareció sonar dentro de mi oído izquierdo me paralizó. Enfrente a mis ojos apareció un agujero negro en lo que era antes el occipital del cráneo de Otto. Un olor a carne descompuesta me entró por las narices y  golpeó brutalmente hasta las últimas células de mi cerebro. Me sentí mareado por la peste. Sentí como mi estómago se contraía en un nudo. La piel de mi cara estaba húmeda y pegajosa, y mis espejuelos estaban cubiertos por una nube rojo-blanca.

Mil manos me alzaron en vilo y me acostaron en el suelo encima de pequeños pedazos de algo duro que parecían piedritas filosas y que después supe eran pedazos del cráneo de Otto. Delante de mis ojos veía sólo una bruma. Oía, en medio de los ecos de la explosión que aún retumbaba en mis oídos, las mil veladas voces  alarmadas, vecinas al pánico, de aquellos que estaban en el patio, y las de claro temor de los que desde otras estancias preguntaban a voces por lo ocurrido.

“Está sangrando,” “¿Dónde está herido?,” “¡No veo el balazo!’. “¡Tómenle el pulso, coño!”

Todo el mundo opinaba algo y casi se encaramaban uno encima de otro, y encima de mí, tirado en el suelo, tratando de ser útiles. Un fuerte ardor me hizo llevarme la mano a mi oreja izquierda. Un chorro de sangre me corría por la mano.

De nuevo me levantaron en vilo para sacarme del patio y correr conmigo hacia la enfermería de la estación. En esa posición horizontal vi a mi derecha, a unas pulgadas de mí, la cara de Otto a quien también llevaban a la carrera a la enfermería. Ni una huella de lo que había sucedido se veía en ella exceptuando que estaba blanca como el papel. La paz de su rostro era contagiosa y me dejé llevar sintiendo una inmensa tranquilidad.

Llegamos a la enfermería de la estación en medio de órdenes contradictorias y opiniones encontradas de todos los que se hallaban presentes. Después de acostarme en una camilla y lavarme los depósitos de sangre y tejido de mi cara descubrieron mi singular herida en la oreja izquierda.

Uno de los enfermeros improvisados, a quien conocía sólo por el nombre “El Guajiro,” me vendó la herida con aceptable habilidad. Contempló con satisfacción su obra y mirándome fijamente a los ojos comentó: “¡Flaco, qué suerte tienes, coño!”

Siempre recuerdo sus palabras y la expresión de su rostro reflejando una mezcla de envidia y admiración. Las mismas palabras que me han repetido una y otra vez en el transcurso de mi vida.

“¡Que suerte tienes!,” dijo, moviendo la cabeza de lado a lado. “Un centímetro más a la derecha y no lo cuentas,” dijo, y se alejó hacia el fondo de la enfermería aun moviendo la cabeza.

Tirado sin fuerzas en la incómoda camilla, mareado, nauseado, sin oír nada del oído izquierdo y débil por la pérdida de sangre, comprendí la enormidad de “tener suerte.”  Por primera vez en mis quince años pensé conscientemente en qué es la vida y en que breve e injusta puede ser. Otto no había tenido “suerte.”

Al golpear el maldito parquímetro con la culata de la miserable imitación de M-3, el carro del disparador corrió hacia atrás y arrastró a su regreso una bala en la recámara. El siguiente golpe con la carabina fue fatal. La aguja del disparador se liberó. El disparo le entró a Otto por la garganta y le salió por el hueso occipital arrastrando casi toda la masa encefálica en su camino. También arrancó un pedazo de mi oreja izquierda. ¡No, Otto no había tenido suerte ese día!

En un instante, Otto, un muchacho llenó de optimismo, constantemente contento, un tipo despreocupado y lleno de planes de aventuras locas se convirtió en un pelele sin alma, en un pedazo de tejido inerme.

Despacio, muy despacio, la realización de la enormidad de lo ocurrido ante mis ojos llegó a mi mente, obtusa por el terror del momento. Las lágrimas comenzaron a rodar libremente por mi cara. Una tristeza enorme me apretó el corazón, pero el miedo nunca me tocó. Todo temor se desapareció como bruma al viento.

¡De manera que esto era morir! ¡Un segundo! El chiquillo timorato que muchas veces sintió temor quedó para siempre en la incómoda camilla de la estación de policía de Matanzas. Dejé de tener miedo de las consecuencias de la  vida porque dejé de tener miedo de la muerte. Fue como quien apaga un interruptor.

Hasta hoy tengo tantos años de “tener suerte.” Se ha convertido en mi forma de vida. Afortunadamente, nunca he vuelto a tener miedo de vivir, o de morir. Siempre que la duda o el miedo empiezan a tocarme con sus dedos fríos, me basta con tocar la huella sobre mi oreja de aquella bala para que recupere mi optimismo y siga con mi vida lo mejor posible. No estaba para mí ese día. Y el día que sea para mí, para qué me preocupo si ni voy a tener tiempo de enterarme. Como con Otto, exactamente igual que como con Otto.